Game in Life

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If I Surrender to the Monsters in Me, Will it Set Me Free? |Autoconclusivo| |Delicado|
Ambientación
I. Jamás cooperarás con otras razas.
II. No intentarás comunicarte con el exterior.
III. Vivirás en este mundo y no en el exterior.
IV. Rompe una de las reglas, y un conocido de allá afuera muere.

En la oscuridad de tu inconsciencia, después de la explosión de una bomba en el evento al que acudiste, susurros te trajeron de vuelta a la vida.

El extraño evento a puertas abiertas del colegio Fallgate debería haber sido la primera advertencia.

Era casi el final del año escolar y todos estaban invitados, alumnos, profesores, todos los habitantes de Grendelshire. La magnitud del evento hasta había llegado a oídos de Londres.

Todos podían entrar sin invitación ni pagar por boletos. Excepto los menores de ocho años, una estipulación que debería haber sido la segunda bandera roja.

Aunque todo estaba cubierto de nieve, el cálido sol invitaba a recorrer el decorado colegio. Tiendas de comida, competencias, juegos, eventos, música, foros de debate, tantas cosas sucediendo al unísono que fue imposible para cualquiera darse cuenta de la farsa.

Lo único que escuchaste fue la explosión proveniente del medio del terreno antes de que tus tímpanos retumbaran a tal frecuencia que los subsiguientes gritos de terror y agonía se convirtieran en silencio. El gas azul que lentamente nubló tu vista claramente tenía la misma procedencia. Sentiste como te ahorcaba, quemaba, ahogaba bajo el agua, como si tragaras arena o ácido; todo dependía de tus peores miedos mientras perdías el conocimiento.

Después de despertarte con las reglas del juego, aquella voz ronroneó tus opciones, tu nuevo futuro. Debías elegir una raza antes de poder despertar.

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Sabías que...¿Para cruzar la neblina debes cumplir ciertas condiciones?
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So Sick of Hearing I Should StayWhen I Know I Would Never Be Missed

No podía moverse. Estaba completamente estancada, atrapada, su cabeza, su cuerpo, sentía como si tuviese plomo y no sangre en sus venas. El despertador sonaba y sonaba y sonaba y Hitori ni siquiera podía estirarse para callar el sonido infernal. Poco a poco le había costado más y más levantarse el último mes, claramente la transformación de su sangre a plomo puro había terminado esa mañana.

Su pecho estaba tan apretado que de verdad impresionaba que pudiese seguir respirando, por más superficial que fuesen sus inspiraciones, era como si alguien estuviese estrujando sus pulmones y simplemente no era capaz de llenarlos ni un poquito. En los últimos días las grietas se habían hecho demasiado profundas, le había costado ver el pizarrón entre tanta línea. No importaba cuanto restregara sus ojos, no se borraban, no la dejaban en paz, recordándole a cada momento que se sentía horrible.

Energía para nada, ahora era como si estuviese encadenada a la cama. Algo era nuevo, aunque tenía el pecho apretado, se sentía… Vacía. No había nada dentro de ella, toda la tristeza, el miedo, la angustia, como si se hubiesen solidificado en sus venas, habían salido de su cabeza, dejado en paz por fin. ¿Ese era el precio a pagar por volver a estar bien? ¿Simplemente dejar de sentir? Lo recibió con calma, si ese era el precio, estaba dispuesta a hacerlo, no le importaba, cualquier cosa por sentirse normal otra vez.

Cerró sus ojos, rindiéndose ante el vacío que le llamaba como una sirena. “Hitori.” Escuchó la puerta de su cuarto abrirse, por sobre el sonido de la alarma. “Vas a llegar tarde a clases.” No era usual en ella no levantarse cuando empezaba a amanecer, normalmente saltaba de la cama inmediatamente. “¿Qué pasa?” Aunque Ai era bastante más bruta y densa cuando se trataba de lidiar con emociones, no era estúpida, había estado siguiendo el estado mental de su hija con la misma preocupación que Roger.

“Nada.” Murmuró como pudo en un tono neutral y vacío de la angustia que se había transformado en algo normal sin moverse un sólo centímetro. “Cancelaron las clases hoy.” Mintió. Era pésima mentirosa cuando se trataba de cosas serias, y cualquiera que la conocía podía ver a través de ellas sin problema.

“No me mientas.” Ai se acercó hasta la cama de la chica y apagó la alarma con un movimiento un poco molesto antes de apoyar una mano en la espalda de su hija, acariciando con cuidado. “¿Qué pasa? ¿Qué sientes?” La mujer se regía más por lo racional que emocional, y los estragos de su hija le quedaban absolutamente grandes, aquello la frustraba de sobremanera, se sentía completamente inútil. Sólo podía ver como cada día estaba peor y pararse ahí sin poder hacer nada.

“Nada. No sé. No te preocupes.” Murmuró sin darse vuelta para mirarla, sólo porque no podía, no era capaz, aunque quería abrazarla con todas sus fuerzas, apenas le daba para hablar como lo estaba haciendo. Pero su tono apagado afectó demasiado a su madre, quien tomó toda la situación como una afrenta hecha a propósito. Creyó que Hitori no la quería ni necesitaba en ese momento, que prefería hundirse sola, que lo estaba haciendo a propósito.

La frustración pudo más que ella y se incorporó de golpe. “Haz lo que quieras. Yo me rindo.” Sonaba agotada, la chica supo inmediatamente que le había hecho daño sin querer, sin poder hacer algo, cualquier cosa. Intentó moverse sin lograrlo, darse vuelta, abrió la boca para decir algo pero la angustia le pegó de golpe y no pudo hacer sonido alguno. Claramente Ai no lo decía de manera definitiva, sólo era una frustración temporal, pero se dio vuelta y cerró la puerta de su hija de un portazo. Se arrepintió inmediatamente, pero era demasiado tozuda y orgullosa como para volver a abrir la puerta y decirle que no había sido su intención cerrarla así de fuerte. Sólo apretó los puños y reprimió todo como solía hacer, antes de tener que partir al trabajo sin poder solucionar nada con Hitori.

“Terminaste de cagarla, Hitori. Te quedaban dos personas a tu lado.” Logró abrir los ojos, frente a ella el monstruo que acosaba sus pesadillas había aparecido, sentado frente a ella. Las grietas se desformaban para crearlo, manifestar esa pesadilla en el mundo real, el vacío desapareció por completo, llenándose de un dolor inconmensurable. No quería hacerle daño a nadie, no quería preocupar a nadie, quería estar bien por sí sola y ya no ser una carga para sus padres. En vez de eso, sólo los amarraba con los mismos grilletes que no le dejaban levantarse. “Por supuesto que han tenido suficiente. Si tú no te soportas ¿Cómo lo van a hacer ellos?”

Dolía más porque el monstruo tenía razón. Extendió una mano hecha de sombras y la posó en la mejilla de la chica que todavía era incapaz de moverse, pasando un pulgar por las mejillas que se habían llenado de lágrimas silenciosas. “Duele ¿Cierto?” Quiso asentir, pero no podía respirar, estaba aterrorizada. ¿Estaba soñando? ¿Era real lo que veía frente a sus ojos? No estaba segura, y eso le daba aún más miedo. “Soy todo lo real que quieres que sea. Puedes intentar hacerme desaparecer toda tu vida, pero sabes que no puedes hacerlo. ¿No?”

Por fin el dolor fue más fuerte que el plomo en su cuerpo y Hitori pudo crujir de dolor, llevó sus piernas a su pecho, llevó una mano hacia su mejilla, pretendiendo empujar al monstruo, pero se quedó paralizada. “Sabes lo que pasa si me tocas.” Lo vivía todas las noches, se hundía en esa brea asquerosa que entraba por todas partes hasta que terminaba completamente ahogada. “No tiene que ser así.” Mientras más hablaba el monstruo, más le dolía todo, en su cabeza repasaba una y otra vez las palabras de su madre, se le rompía el corazón.

“Por supuesto que te duele. Estás empujando a todo el mundo. Aunque no quieras, les haces daño. ¿Crees que no se les encoge el alma al verte así? Todo su esfuerzo en criarte con amor, sólo para que termines así de rota.” Hitori llevó una mano a su pecho, la primera de incontables veces, intentando hacerse sentir mejor, pero sólo lloraba y sollozaba con más fuerza, perdiéndose en el espiral de desesperanza. “Aunque quieras arreglarte, simplemente no puedes, y lo sabes.” Negó con la cabeza, pero una vez más el monstruo tenía razón.

De a poco empezó a temblar, aunque intentaba no escucharlo, aunque hacía todo lo posible por escapar de ese espiral de razonamiento que sólo bajaba en picada, no era capaz de sacarse a sí misma de esa situación. Hubiese dado cualquier cosa por volver a sentirse tan vacía como lo había hecho al despertarse, cualquier cosa por dejar de sentir que estaba terminando de romperse. Como nunca antes lloraba, como nunca antes dolía, ni siquiera el dolor podría sacarla de aquello, se encontraba pasado el punto de no retorno.

De alguna extraña manera, el monstruo pareció compadecerse de ella, la rodeó con sus brazos, Hitori estaba demasiado alterada como para resistirse. “Ríndete, cariño.” Ronroneó, acariciando sus cabellos. “Puedo hacer que todo deje de doler. No tienes que tener miedo nunca más.” La oferta era simplemente demasiado tentadora. ¿Qué pasaba si se rendía ante el monstruo que tenía en su cabeza? Ya no quería seguir peleando, estaba cansada, no se podía su cuerpo, ni su cabeza, se sentía incapaz de seguir levantándose del piso día tras día.

En especial ahora que había terminado de alejar a sus padres. ¿No les había hecho suficiente daño ya? Sí, no se merecían la carga que ella ponía sobre sus hombros. “Suelta, déjate ir, todo va a estar bien.” Otro ronroneo, como nunca antes el monstruo la mimaba, la contenía mientras su estado mental iba en picada, en vez de empeorar la situación como solía hacer, se comportaba de manera más insidiosa. Como un demonio, ofrecía un favor, una salvación, mientras la arrastraba más abajo hasta que se le hiciera imposible negarse.

La chica sólo podía temblar, pegar sus piernas contra su pecho, aunque cerrara los ojos la escena era la misma. No sabía si sucedía en su cabeza, en una pesadilla, en la vida real, lo único que tenía claro era que no tenía escapatoria de lo que le estaba ocurriendo. Que era una olla a presión y estaba reventando, que se quebraba bajo su propio dolor, el miedo, lo único que le había mantenido a flote era la idea de que si empeoraba, les haría daño a sus padres. Pero ahora… Ahora se habían rendido, ya no podían más con ella, simplemente era demasiado.

¿No era lo mejor, para todos? ¿Lo único que podía hacer? “No tienes que pelear más.” Hitori sollozó con fuerza, sentía un pinchazo de alivio de sólo pensarlo. “¿No quieres volver a dormir de noche sin problemas? ¿En silencio?” El monstruo ronroneaba en una voz cariñosa. “Sólo tienes que dejarte ir, ya no tienes que guardarlo todo adentro, déjalo ir.” Ni siquiera podía negarse, rechazar la propuesta, sólo se hundía más y más en la desesperanza, en la idea de que todo era mejor sin ella, que sólo hacía daño, que no aportaba en nada. Que tenía que rendirse. Que si lo hacía, por fin sería libre otra vez.

Se sentía parada en un acantilado. Detrás de ella todo el horror, el infierno de vivir su vida para siempre sintiéndose así. Frente a ella, ahí abajo, una pequeña luz que prometía un futuro mejor. Sin dolor. Sin todo el peso que llevaba en su cuerpo. “Déjate caer.” Era cosa de rendirse y se hundiría en ese abismo, caería dentro de él, ese vacío que prometía una calma que parecía imposible de cualquier otro modo.

Sin darse cuenta, como si estuviese poseída, había salido de su cama, bajado las escaleras, se encontraba sentada en el piso de la cocina, observando el cuchillo que tenía entre sus manos con una mirada vacía. Demasiado ocupada lidiando con los monstruos en su cabeza como para darse cuenta de lo que estaba haciendo.

“Suelta, Hitori. Suelta ya, ríndete. No hay otra manera.” La pesadilla perdía la paciencia, estaba tan cerca de lograr su cometido. La chica tomó las manos del monstruo hecho de sombras ahí, frente al acantilado, de manera desesperada. Ya no podía más. “Ayúdame-” Crujió, sintiendo como las sombras de hundían en sus brazos, empujándola hacia el vacío mientras este llenaba su cuerpo.

“¡HITORI!” Escuchó un chillido a la lejanía, aunque su madre estaba ahí mismo. Había vuelto, arrepentida, preocupada cuando la chica no había contestado el celular que había quedado olvidado en el segundo piso. Su hija estaba hecha un estropajo, no había color en su piel a excepción de su nariz fosforescente, Empapada en sudor y lágrimas, su pijama se había pegado a su piel por completo. En sus manos el cuchillo más afilado de la cocina. Pero lo que más le asustó era el hecho de que sus ojos estaban completamente vacíos.

Ai se dejó caer al piso, arrancando el instrumento convertido en arma de las manos de la chica y lanzándolo lejos para tomarla entre sus brazos. Con un rugido de rabia y frustración, la pesadilla se esfumó de la vista de Hitori, las grietas desaparecieron, todo el dolor le pegó de vuelta como una cachetada. Su madre repetía su nombre, decía algo más, no estaba segura, no podía escucharla por sobre sus propios gritos.

Había estado a segundos de rendirse por completo. De abrazar al monstruo y dejarse llevar, hundirse en el vacío, guiada por su propia desesperación. No sabía cómo había llegado a la cocina, no recordaba, no podía diferenciar la realidad de lo que sucedía en su cabeza. Sólo tenía miedo, ahora más que nunca, de lo que se escondía en los rincones oscuros de su cabeza, de esa cosa, y todo lo que podía hacer con ella si se dejaba influenciar como lo había hecho.

Hora
Mañana

Lugar
Glasgow

Clima
Nublado

Flashback
Hace nueve años
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SOMEBODYShine a light, I'm frozen by the fear in me.
Somebody make me feel alive and shatter me
Hitori Macleod
Inventario : If I Surrender to the Monsters in Me, Will it Set Me Free? |Autoconclusivo| |Delicado| Kisspng-snow-globes-clip-art-globe-5acccca2b6cdd6.8839366515233711707488Nivel 2 - Bola de cristal con luz y música.
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