Ambientación
El extraño evento a puertas abiertas de tu colegio debería haber sido la primera advertencia. Ya casi se acababa el año escolar, sólo los mayores de ocho años podían asistir a la celebración que prometía ser una de las mejores jornadas escolares.

Aunque todo estaba cubierto de nieve, el cálido sol invitaba a recorrer el decorado colegio. Tiendas de comida, competencias, juegos, eventos, música, foros de debate, tantas cosas sucediendo al unísono que fue imposible para cualquiera darse cuenta de la farsa.

Lo único que escuchaste fue la explosión proveniente del medio del terreno antes de que tus tímpanos retumbaran a tal frecuencia que los subsiguientes gritos de terror y agonía se convirtieran en silencio. El gas azul que lentamente nubló tu vista claramente tenía la misma procedencia. Sentiste como te ahorcaba, quemaba, ahogaba bajo el agua, como si tragaras arena o ácido; todo dependía de tus peores miedos mientras perdías el conocimiento.

En la oscuridad de la inconsciencia pudiste identificar palabras. Primero un susurro que te acarició mientras elegías tu nuevo destino, luego, cada vez más fuerte y como si proviniese de cada alma que había quedado atrapada en ese nuevo universo, las reglas del juego.

I. Jamás cooperarás con otras razas.
II. No intentarás comunicarte con el exterior.
III. Vivirás en este mundo y no en el exterior.
IV. Rompe una de las reglas, y un conocido de allá fuera muere.
¿Sobrevivirás el Juego?
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Mensaje por Artanis el Miér Oct 02, 2019 5:03 am


This is not the World we had in Mind
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Salones
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Se había acomodado en una de las mesas del salón, que se encontraba bastante desordenado, algunas marcas en las paredes, las mesas y sillas por todos lados, era un perfecto campo de batalla, o al menos aquello pasaba por su cabeza, mientras con un extraño líquido, y un papel que había encontrado por allí, escribía con su dedo “Creo que deberiamos hablar, estoy en un salón del segundo piso en el primero edificio”. Poco preciso, pero sabía que no tardaría en encontrarle, aunque fuese salón por salón, estaba en el más cercano a las escaleras desde la biblioteca.

Luego de eso, se levantó, se sentó en el borde de la ventana y enrolló el papel, para luego soplar ligeramente y que el viento lo llevase a donde correspondía. Si había algo que odiaba bastante, era esperar, pues definitivamente, no había demasiado que pudiese hacer en un salón, y tampoco estaba completamente seguro de si ella fuese a ir. Probablemente, gruñiría, le daría varias vueltas al tema y al final tomaría sus cosas e iría allí, porque pensaría que tenía algo razonable que decir como para que se dignase a pedir su presencia.

Él siempre había sido así, demasiado evasivo, tomando pocas cosas en serio, relajado y desinteresado. Todo lo contrario a ella, no era necesario decir mucho más.

Y realmente, llevándola allí, ¿que quería? No había nada que hablar, nada que solucionar… Eso era mentira, había muchísimo que solucionar, y no sólo para ellos, para todo el mundo, en su opinión, nada de aquello podía seguir como estaba. Pero era difícil cuando se sentía tan encerrado y débil, y no encontraba la forma de mejorar aquello. Necesitaba alimentarse y recuperar su fortaleza, pero era muchísimo más difícil que antes. Odiaba no poder hacer nada al respecto, por nadie, sentirse inútil era fatal.

Suspiró con pesar, y dejó ir todo con eso, ya vería que tenía para decir cuando llegase el momento, por ahora, no necesitaba pensar en eso, sólo en las palabras con las que empezaría la conversación.

¿Importaba realmente? Lo más probable era que arruinase todo con su actitud, uno no podía llegar y simplemente hablar con alguien que te odiaba. Aunque le fue un poco difícil entender siempre aquella situación.

Lo único que podía preocuparle ahora eran aquellos chicos, los mellizos. Lamentable que no hubiese forma de llegar a ellos, porque claramente no se encontraban allí. Sucadió su cabello con ambas manos, y se volteó, para bajarse de la ventana y caminar por el salón.

Comenzó a revisar casilleros, encontrando varias cosas. Le sorprendía que dejasen algunas cosas allí, que en caso de él, se las hubiese llevado sin lugar a dudas. Claramente las prioridades de ellos, no eran las mismas que de alguien tan maravilloso como él.

-Pff… Mortales -susurró levemente mientras leía un cuaderno, específicamente un “Diario de Vida” -. No puedo creer que escriban estas cosas. Yo no lo haría.

Artanis era, demasiado orgulloso como para siquiera haber pensado en escribir su vida en papel alguna vez, cuando perfectamente podía recordarlo todo, ¿por qué se arriesgaría a que otros viesen cosas de él? Sobretodo, cuando lo que más notaba, eran secretos y debilidades dentro de ese diario. Dejó de leerlo, y siguió revisando mientras hacía tiempo, pero sólo encontró cosas que le siguieron pareciendo insignificantes.

No entendía como habían personas que lograban rodearse de niños y enseñarles. Bueno, entendía un poco si lo pensaba bien, probablemente lo que le volvía loco era el ambiente, odiaba estar encerrado, si pudiese estar afuera, demostrando en vez de leer y leer libros, sería un caso completamente distintos. Estaba bastante seguro de que así nadie podría aprender.
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Mensaje por Astrid el Jue Oct 03, 2019 2:25 am

Been Running Forever Just to End Up Here Once More
Artanis ∞ Salones ∞ Atardecer
Astrid Sharp se encontraba acostada sobre uno de los libreros más altos de la Biblioteca, una de sus piernas colgando hacia abajo en señal de que cualquiera que necesitara podía llamarle la atención con tan solo picar su bota. No dormía, no todavía, tenía en cambio un cuadernito entre sus manos. Tenía ya casi dos años de uso y se notaba en lo gastado del lomo y lo llena que estaban las páginas.
¿Quienes eran? Probablemente ya no importaba, pero el hecho de que no había logrado descifrarlo a tiempo no le dejaría tranquila. Todo esto podría haber sido evitado, si tan sólo- Iba a comenzar a auto flagelarse otra vez, pero su piel se erizó, interrumpiendo el tren de pensamiento de la Elfa.

Astrid se incorporó de golpe, mirando a su alrededor en estado alerta mientras recogía su paraguas con la mano derecha. Instantáneamente sintió un olor muy conocido. Ladeó la cabeza, su estómago pateando en reconocimiento de la magia que olía antes de que el poder se manifestara frente a ella. Una leve brisa sopló a su lado, acarreando consigo un papel enrollado.

Lo leyó no sin curiosidad, pero más que cualquier cosa, furia. Podía sentir la presencia de Artanis ahora que se había revelado, siguiendo el hilo de magia que había usado para entregarle el mensaje, y de pronto la Biblioteca había pasado de ser su lugar seguro a una prisión. No podía evitarlo, a pesar de estar obligada a cooperar con él a veces, se sentía enferma de rabia cada vez que el imbécil se cruzaba por delante suyo. Siempre era la misma intensidad y sabía que era muy probable que nunca disminuyera.

“Hay cosas que simplemente no se olvidan ni perdonan…”
Murmuró, leyendo otra vez el papel. “Primero edificio”... Analfabeto de mierda, nunca aprendiste Inglés correctamente.” Criticó al aire, deseando que sus palabras fueran acarreadas de vuelta en la misma brisa. Gruñó por lo bajo antes de suspirar pesadamente, notando que había usado la tinta que ella había creado. “Es un buen detalle, pero un hilo sobre una herida letal cubre más terreno…”

A veces, cuando se trataba de Artanis, creía que estaba siendo un poco demasiado dura con él. Pero luego recordaba el luto horrendo del que todavía nadie se recuperaba, menos ella, y las llamas de su odio volvían a avivar el fuego que crecía en su pecho cada vez que la tocaba una gota de lluvia. ¿Qué mierda quiere conmigo? Ella no tenía nada que decirle y Astrid dudaba que él por su cuenta hubiese encontrado algo nuevo. Para eso tenían una mediadora de todos modos, era la mejor manera de no comenzar otra guerra entre ellos dos.

Dejó su otra pierna colgar del borde del librero y se cruzó de brazos, con paraguas y todo. ¿Tenía alguna opción que no fuera ir a escucharle? Probablemente no. Artanis era el ser más irritante que conocía, y sabía exactamente cómo joder a Astrid. Sólo con quedarse dentro del colegio le quitaría el sueño y él probablemente lo sabía. “La peor espina que he tenido enterrada.” Y el único que podía hacerle rabiar de esa manera. ¿Quién le había mandado a llamar? ¿Quién había sido tan estúpida de pedirle ayuda en un principio? Astrid, por supuesto, porque aparentemente no tenía suficientes problemas así como estaba.

Astrid resopló, guiando el aire hacia su flequillo para removerlo de sus ojos. No le quedaba otra opción, y tendría que salir de la Biblioteca rápido y sin que ningún Elfo la viera. Aprovechó de estirarse, tomándose todo el tiempo del mundo. Artanis solía dejarle esperando, sabiendo que Astrid era extremadamente estricta cuando se trataba de llegar a lugares a tiempo. Podía devolverle el favor y amargarle un poco la existencia, dejando que los minutos se juntaran hasta que habían pasado unos diez o veinte. ¿Que su actitud era mezquina y bastante inmadura? Pues sí, en realidad sabía que no era nada más que eso y le tenía sin cuidado.

Vamos.
Se dejó caer al suelo el par de metros con la agilidad y gracia de una reina o bailarina sin hacer ningún ruido al aterrizar. Se dirigió hacia la ventana abierta sigilosamente, cruzando los sellos mágicos que había puesto ella misma para alertar sobre cualquier intruso sin activarlos. Era una vuelta un poco más larga y los rayos de sol que quedaban después del atardecer ya casi habían desaparecido, pero le tenía sin cuidado.

Se alejó de la ventana sin hacer un sólo ruido, sus pisadas casi sin dejar huellas en el suelo, y caminó hacia el árbol más cercano que podría ofrecerle un escondite provisorio. La Elfa posó la punta de su paraguas en la tierra, tomando el mango con ambas manos y cerrando sus ojos, ralentizando su respiración hasta que era casi imperceptible. “¿Dónde estás?” Murmuró, sus palabras desapareciendo en el viento antes de alejarse demasiado de sus labios. Abrió los ojos lentamente, revelando un pequeño resplandor de rosado intenso, la única señal de que estaba usando magia además del ligero olor a vainilla que le envolvió por un segundo.


Un par de minutos después, se encontraba en camino al edificio que albergaba los salones de clases y a Artanis, segura de que no habían enemigos a su alrededor en ese momento. Bueno, si consideraba que Artanis no era un enemigo. Nunca podía estar demasiado segura, el hecho era que no trabajaba para nadie que no fuera sí mismo y le daba igual quién estaba a su lado y en qué momento. El egocéntrico más peligroso que conozco.

La Elfa demoró un poco su paso, sintiendo que la disonancia entre sus pensamientos actuales y sus acciones no llevarían a nada productivo. Basta ya. Se regañó con firmeza, golpeando la mejilla de su lado emocional. Ya había decidido escucharle, por lo que seguir dándole vueltas al asunto era inútil y sólo terminaría por hacer más daño. Esperó, pero su fuero interno parecía estar de acuerdo, por ahora.

No fue necesario buscarlo, en el estado en que se encontraba, Artanis era como un faro en el medio de la oscuridad para Astrid. No todos tenían el lujo de ser comodines despreocupados. Subió las escaleras con el mismo sigilo que le caracterizaba, dirigiéndose directamente al salón donde sabía que se encontraba el ser que era capaz de causarle más pesar. No tocó la puerta entrecerrada, Artanis probablemente le había sentido acercarse, y se coló entre el espacio entre la puerta y la pared, cerrándola detrás de ella.

Le dio la espalda a Artanis por un segundo, posando su dedo índice sobre sus labios antes de hacerlo para indicarle que no era seguro hablar todavía. Astrid posó la punta de su paraguas otra vez contra el suelo, la mano derecha sobre el mango mientras que con la izquierda tocaba el picaporte ligeramente. Cerró sus ojos y exhaló un murmullo ininteligible con un pequeño esfuerzo de voluntad, rodeando el aire alrededor de ella otra vez con suave olor a vainilla. Hecho esto, retiró sus dedos del picaporte y levantó el paraguas del suelo, volteándose sin esfuerzo con una pequeña pirueta para observar a Artanis.

Evitó que sus ojos se cruzaran con la mirada de Artanis mientras lo analizaba, recogiendo cada detalle que podía encontrar. “...” Con lo rápidos que eran normalmente sus comentarios y lo fácil que era para Astrid Sharp relacionarse con el resto, era difícil imaginarse a la profesora sin palabras. “...” La Elfa suspiró, apoyando su espalda contra la puerta mientras cruzaba sus brazos y desviaba la mirada hacia un lado.

Uno pensaría que después de tantos años sería más fácil relacionarse de manera civilizada. Definitivamente no ayudaba que lo único que veía cuando miraba a Artanis a los ojos eran los mellizos. Tampoco ayudaba que no había podido compartir con él el dolor que probablemente también le aquejaba a él, habían estado demasiado ocupados con problemas mayores como para siquiera tocar el tema. Artanis era el único que era capaz de entender completamente el enorme vacío que pesaba en su pecho. Y el culpable.

Una pequeña parte de Astrid, la más joven y emocional, sólo quería refugiarse entre sus brazos y llorar hasta perder el conocimiento como lo había hecho en el pasado. “...” El silencio decía más de lo que ella era capaz de vocalizar, demasiado preocupada de esconder todos sus sentimientos de Artanis como para hacer otra cosa. El nudo en su garganta le apretaba lo suficiente como para dificultar su respiración, pero se obligó a hacerlo normalmente de cualquier modo. Odio, desamor, luto, nostalgia, traición y asco peleaban por dejarse mostrar. En su mirada, su expresión, la postura de su cuerpo y sus palabras, pero Astrid suprimió todo, encerrándolos detrás de una mirada altanera y orgullosa, esperando a que él rompiera el silencio primero.
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Mensaje por Artanis el Lun Oct 07, 2019 5:30 am


This is not the World we had in Mind
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Pasó más tiempo esperándola del que pensó que pasaría, comenzando a dudar de si vendría o no. De alguna manera, se sintió un poco estúpido y se arrepintió de haberle llamado, ni siquiera él sabía por qué. ¿Necesitaba alguien con quién hablar? Podría ser cualquiera, sin embargo el chico había decidido llamar a Astrid, aquella que alguna vez fue SU Astrid, si pensaba en ello, ¿cómo se sentía? Era algo que jamás dejaba salir a la luz. Le dolía el cómo terminaron las cosas, y por egoísta que sonase se había sentido un poco usado por ella. Se sintió insuficiente, cuando probablemente, le ayudó con varios de sus problemas. No lamentaba no haber cambiado por ella, creía haber hecho lo correcto, al final, pensaba que tan sólo se había aburrido, y era entendible, o quería pensar así.

Y allí apareció la figura pequeña y delicada frente a él. Se apoyó en una mesa que había detrás suyo, y cruzó los brazos, esperando a que hiciera lo que hacía cada vez que se topaban. Estaba bien, no diría nada al respecto, aunque le hacía pensar en varias cosas. El ambiente se sintió incómodo apenas bloqueó la puerta. El aroma a vainilla que dejaba como rastro siempre le había agradado, y se lo recordaba siempre que podía, aunque en ese preciso instante no era el momento.

Notó como le evitaba a toda costa, ladeó la cabeza. Verla tan callada no le hacía sentir bien, y al verla, el recuerdo de los mellizos sólo se veía más claro.

-Me gustaría ir a verlos -soltó de golpe, sin pensar claramente las consecuencias de sus palabras. Aunque sabía bien que en ese momento no podía simplemente ir a verlos -. Astrid...

Mil palabras pasaron por su mente, "Lo siento", "¿Por qué me odias?", "Sé que no es el momento, ¿pero por qué esto terminó?", aunque varias de esas preguntas se debían a la tensión, y la preocupación de situaciones pasadas más que a los sentimientos. En ese sentido, no había demasiado que decir, ni él mismo sabía donde estaba su corazón ahora, se sentía tan herido y traicionado, que entendía por qué lo odiaba realmente, pero de alguna manera quería escucharlo de sus labios, quizá que le gritase o lo golpease, aunque jamás admitiría tal cosa.

Así mismo como no podía asumir quién le había traicionado y por qué. No, no lo entendía, pero tampoco podía sentir odio. Había sido muy quisquilloso con a quién entregaba sus sentimientos, fuesen amigos u otras relaciones, y se había equivocado de persona, suponía que aquello se superponía entre el odia que quería florecer, y el hecho de que jamás había terminado de tragar todo lo que había sucedido. El más estúpido de todos, en ese sentido.

Suspiró, y cambió un poco su modo, odiaba estar tan tenso, y ahora podría parovechar de joder a Astrid un rato, aunque podría costarle unos buenos golpes. Aunque obviamente aquello no heriría a un ser tan superior como él, sobretodo de una enanita como ella.

-No estés tan tensa -ahora se le acercó, con una sonrisa, preparado para apretar su mejilla, pero su mano se detuvo a medio camino -. Creo que hay que verle el lado positivo a todo esto, además, estamos intentando hacer algo al respecto, ¿no?

Esperó unos segundos, a que se enojase y lo molestase, para luego cambiar su humor rápidamente, a uno más calmado y deprimido.

-¿Nunca piensas en volver atrás? O sea, obviamente piensas en ello, pero me refiero, ¿a nosotros? -claramente remarcó la última palabra. Sentía que en cualquier segundo ella se daría la vuelta y lo mandaría al carajo -. Creo que me volví estúpido.

No pensaba decir aquello, pero se le escapó de sus labios antes de que pudiese decir nada.

Cerró los ojos un segundo, y escuchó risas, de tantos años atrás que le parecía extraño escucharse reír, feliz. Los recuerdos corrieron rápidamente en su cabeza, la enana estaba nuevamente frente a él, cualquiera podía decir, que ninguno de los dos se veía tan solemne como ahora, más bien todo lo contrario.

-¿Crees que a alguien cómo él le hubiese sucedido esto? -obviamente, se refería a aquel hombre que Astrid tanto odiaba, su padre.

Si pensaba en esa persona, simplemente se le paraban los pelos de punta por el asco, y recordaba, victorioso y sin arrepentimiento el día de su fallecimiento. Estaba bastante seguro de que ni siquiera a Astrid le dolió, obtuvo lo que merecía.
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Mensaje por Astrid el Mar Oct 08, 2019 8:18 am

Nothing Like What it Used to Be
Artanis ∞ Salones ∞ Atardecer
De haber estado sola, probablemente aquellas palabras le hubiesen desbaratado por completo. “Me gustaría ir a verlos.” Así como estaba, forzó todas sus emociones a endurecer su expresión. No dejaría que Artanis la viera afectada por sus palabras, no le daría la satisfacción. A pesar de lo que le dolía, a pesar de que imágenes de los mellizos amenazaron con tumbarle al piso como si de una cachetada cósmica se tratase.

Astrid forzó sus piernas a mantenerse erguidas aunque lo único que querían era doblarse bajo su propio peso, obligó sus ojos a mantenerse secos a pesar de todo lo que quería largarse a llorar. Su posición no cambió, pero su cara y expresión corporal pasaron de mostrarse alertas y preocupadas a estar hechas de piedra y hielo. ¿Quién se creía que era para hablarle a ella de los mellizos?

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“¿Artanis?” Habían salido a pasear por el bosque y Artanis se había escondido de ella el momento en que Astrid había dejado de mirarle. Tendía a preocuparse demasiado y lo sabía, pero aún así no podía evitarlo. Artanis le ayudaba muchísimo en aquello, en especial cuando se trataba de las secuelas emocionales.

“¿Artanis?” Repitió, su voz un poco más fina, laminada con un poco de inseguridad. ¿Y si le había dejado sola? Iba a comenzar a hiperventilarse cuando alguien le tomó por la cintura, hundiendo su nariz y labios en su cabello para susurrar en su oído. “Bú.” Astrid soltó una risita ligera y giró para robarle un beso, abrazándole del cuello. “No eres muy buena para esto de las escondidas, enana...” Ella respondió con un cabezazo ligero en protesta de aquel sobrenombre que tanto le faltaba el respeto.
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Sentía que eso había sucedido hace siglos. No podía ya mirarle con los mismos ojos, ni asegurar que sus intenciones eran igual de puras que en ese entonces. Astrid no reaccionó ante el suspiro de Artanis, sólo se mantuvo tan quieta como una estatua, manteniendo todo lo que sentía escondido, transformando el dolor y el odio en silencio. Sin darse cuenta de lo que estaba haciendo, sus ojos brillaron ligeramente de un rosado intenso, su mano derecha aferrándose al mango del paraguas con tanta fuerza que la sentía tiritar. Sólo se detuvo cuando Artanis volvió a hablar.

“No te me acerques, Artanis.” Su tono era gélido y calmado, un vacío de emociones lo suficientemente fuerte como para ser extraño y doloroso para el receptor de aquellas palabras. No podía retroceder, su espalda estaba literalmente en contra de una pared, pero si sabía lo que le convenía, Artanis le daría su espacio antes de arrepentirse de lo descuidadas que habían sido sus palabras. No hizo un sólo movimiento ni posó sus ojos en la mano que se le acercaba, concentrándose en la punta de la nariz del imbécil que parecía haber practicado para sacarle de quicio con la menor cantidad de palabras.

¿Lado positivo? Su ceño y boca se contrajeron nerviosamente por un momento, su máscara de templanza amenazando con explotar de adentro hacia afuera y aniquilar todo a su paso. ¿LADO POSITIVO? ¿QUIÉN TE CREES QUE ERES? Quería gritar, patearlo, reventarle por partes, pedazo por pedazo. Quería tirarse al piso, vomitar, gritar hasta perder la voz, llorar hasta que se le secaran los ojos, zapatear en el piso como una niña pequeña. Pero sólo volvió a componer su cara en la máscara dura que había adoptado para lidiar con Artanis.

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“¡Es todo culpa tuya!” Astrid se encontraba de rodillas, acunando a su hijo entre sus brazos. Había llegado demasiado tarde. Siempre había creído que si sus hijos estaban en peligro ella lo sentiría, de alguna manera u otra. ¿No era ese el poder de una madre? “¡Artanis! ¿Cuán estúpido puedes ser?” Su voz se oía en todas partes, amplificada por el dolor que sentía. Su energía disminuía por minuto, como si hubiesen cortado todas sus reservas de cuajo.

“¡Los dejaste morir! ¡A todos!”
Había apretado al pequeño contra su pecho en un intento de pasarle a la fuerza su energía vital, aún si eso tenía repercusiones negativas para ella. No sabía cuánto tiempo había pasado acuclillada en el piso, pero eventualmente había sucumbido a un sueño profundo.
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Dolía en ese entonces, y la rabia había quemado todos los sentimientos positivos que le quedaban de Artanis, que no eran demasiados. Dolía ahora, y cada vez que algo o alguien le recordaba lo que había sucedido. Dolía aún más cuando venía de Artanis, el culpable de todo, el gran y estúpido bufón de la corte que no había podido tomarse las cosas en serio lo suficiente como para salvar la vida de sus hijos. Él sabía exactamente lo que tenía que decir para destruir todo lo que Astrid había construido con dificultad, desbaratando su confianza con sólo dos frases. En ese sentido, era extremadamente parecido a su padre y esa idea le asqueaba más de lo que podía demostrar.

Astrid veía en rojo carmesí, quizás un par de otras tonalidades de la misma emoción. Ella era la que estaba intentando hacer algo al respecto. Ella era la que había sacrificado su vida, su esencia, su personalidad, para solucionarlo. ¿Él qué había hecho? Se las había dado de mago por el mundo mientras ella intentaba deshacer todo el daño que él había causado, y del que no había tenido la decencia ni siquiera de aceptar como algo propio. Había soltado una plaga, una peste con sed de sangre al mundo y luego se había sorprendido cuando todo se había ido a la mierda. ¿Quién había entregado todo, cuerpo y alma, para evitar que siguiera haciendo daño? Ella, por supuesto, la única de ambos que era capaz de ser racional y seria cuando se lo proponía.

No hay lado positivo, no ahora, es demasiado tarde para eso.
Lo único que quedaba era encargarse de arreglar el desastre que Artanis había dejado detrás de él. Y eso, también, caía como responsabilidad de Astrid. Su rabia se transformó en algo peor, más negro. Asco. Astrid respiró lentamente una, dos, tres veces, y sintió su furia disminuir hasta que se sentía capaz de manejarla, lo suficiente como para no rasgar su yugular con sus uñas o dientes.

Se había calmado justo a tiempo para que Artanis volviera a dispararle con otra frasecita. ¿Había practicado el pequeño discursito? No sabía cuántas más podía aguantar antes de que sus palabras se escaparan de su boca sin permiso. “¿Nosotros?” Exclamó, incrédula. Aparentemente eso era todo lo que podía aguantar. Su fachada se cayó a pedazos, pasando por todas las emociones que sentía al mismo tiempo y una tras de otra, sus ojos comenzando a brillar muy levemente. “¿Nosotros, Artanis? De seguro eres estúpido.” Y tan repentinamente como había llegado, toda la furia se desvaneció del tono y semblante de la Elfa junto con la magia que había convocado.

Aunque Astrid no le llegaba ni a la altura del hombro de Artanis, se las arregló para mirarlo hacia abajo con desdén y asco. “Todo lo que me queda por tí es lástima.” Escupió, quizás con un poco más de malicia de lo que era necesario. Normalmente podía trabajar con Artanis, olvidar todo lo que había hecho, obligarse a cooperar. Pero esto era simplemente demasiada osadía de su parte.

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Un chillido había resonado por el hogar de Astrid y Artanis en medio de la noche. No era una ocurrencia muy extraña, por lo que nadie se preocupó demasiado. “¡No!” Astrid se encontraba reducida a una pequeñísima bola en posición fetal entremedio de las sábanas de su cama. No podía hablar, no podía repetir las palabras que había escuchado de su padre, no podía soportarlo más.

“Shh.” Artanis arrulló con cuidado y sin tocarle, intentando despertarla. “Astrid, es una pesadilla. ¿Me escuchas? Ya no está.” La voz de Artanis trajo a la chica de vuelta al mundo de los vivos. “A-mor…” Murmuró, estirando sus brazos para aferrarse a Artanis, el único que podía despertarle de sus pesadillas. “No, Artanis. Me llamo Artanis, enana.” Astrid sonrió, restregando su nariz contra la de él. “Te amo, muchísimo.” Las palabras habían sido susurradas soñolientamente, llenas de miel y calor.
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¿Podía olvidar todo, así como así? No había dejado de mirar a Artanis con el menosprecio que había acumulado, pero el recuerdo había pasado inconfundiblemente detrás de sus ojos. “¿A él?” Se escuchó responder, aunque no se sentía en control de sus palabras en aquel momento. “Sí. Era demasiado arrogante, se creía demasiado poderoso como para creer que cualquiera siquiera le llegaba a los talones.” Aunque eso era cierto de su padre, Artanis había cometido un error parecido. Quizás eso era lo que más le costaba perdonar. “Se creía más inteligente y capaz que todos nosotros juntos.” Astrid suspiró, relajando su posición escultural y dando varios pasos hacia la izquierda, alejándose de Artanis y sentándose sobre una de las mesas abandonadas, posando su paraguas sobre su regazo. Subió sus piernas a la mesita y las abrazó, apoyando su barbilla sobre sus rodillas.

“¿Qué quieres, Artanis?” Preguntó con franqueza, dejando de lado sus emociones preexistentes para mostrar sólo el agotamiento que le generaba tener que relacionarse con él, en especial cuando no cuidaba sus palabras. Astrid sopló el flequillo de sus ojos, intentando apaciguar su corazón. “¿Hacerme enojar? ¿Abrir heridas que me ha costado años cerrar?” Su tono era relajado, pero mostraba la tenue tensión que le había generado el encuentro y el profundo dolor que, a pesar de su orgullo, ya no tenía ganas de esconder.

“Porque ya lo hiciste, y con menos palabras de lo que él solía hacer.”
Se estremeció ligeramente, un recordatorio de lo que su padre producía en todo el mundo. “Por favor, muéstrame un poco de empatía. No juegues conmigo así. Yo puedo aguantar mis emociones, puedo olvidar momentáneamente todo lo que hay entre nosotros…” Momentáneamente, porque tenía la disciplina mental que había recibido del abuso constante de su padre. Sus emociones habían sido dañinas en ese entonces de la misma manera en que lo eran ahora. “Por favor… ” Su voz se rompió, aunque no dejó ninguna lágrima escapar. “Ten piedad de mí…” Sólo Artanis sabía lo mucho que le costaba suplicar aquello, aunque si lo había olvidado la expresión de Astrid se lo recordaría sin problemas. Era una joven otra vez, indefensa y tiritando  frente al todopoderoso señor Artanis, como lo había sido hace tanto tiempo.
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Astrid Sharp

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