Ambientación
El extraño evento a puertas abiertas de tu colegio debería haber sido la primera advertencia. Ya casi se acababa el año escolar, sólo los mayores de ocho años podían asistir a la celebración que prometía ser una de las mejores jornadas escolares.

Aunque todo estaba cubierto de nieve, el cálido sol invitaba a recorrer el decorado colegio. Tiendas de comida, competencias, juegos, eventos, música, foros de debate, tantas cosas sucediendo al unísono que fue imposible para cualquiera darse cuenta de la farsa.

Lo único que escuchaste fue la explosión proveniente del medio del terreno antes de que tus tímpanos retumbaran a tal frecuencia que los subsiguientes gritos de terror y agonía se convirtieran en silencio. El gas azul que lentamente nubló tu vista claramente tenía la misma procedencia. Sentiste como te ahorcaba, quemaba, ahogaba bajo el agua, como si tragaras arena o ácido; todo dependía de tus peores miedos mientras perdías el conocimiento.

En la oscuridad de la inconsciencia pudiste identificar palabras. Primero un susurro que te acarició mientras elegías tu nuevo destino, luego, cada vez más fuerte y como si proviniese de cada alma que había quedado atrapada en ese nuevo universo, las reglas del juego.

I. Jamás cooperarás con otras razas.
II. No intentarás comunicarte con el exterior.
III. Vivirás en este mundo y no en el exterior.
IV. Rompe una de las reglas, y un conocido de allá fuera muere.
¿Sobrevivirás el Juego?
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Mensaje por Connor Buckley el Sáb Feb 16, 2019 3:46 am

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Con mi amada Anwen en el Estacionamiento en la Mañana del Día de San Valentín.

Back, hurry back.
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¿Cuánto tiempo llevaban ahí? No lo sabía con exactitud, normalmente organizaba su vida con su celular, fuera de eso nunca recordaba bien qué día era ni lo que debía hacer. Mantenía el calendario bastante ordenado, pero era algo que no lograba hacer en su cabeza, era demasiado distraído para semejante hazaña. Además, tenía a Anwen y a ella no se le pasaba absolutamente nada por alto.

Anwen. Aunque escuchaba su voz casi todos los días, extrañaba cómo sonaba su propio nombre en los labios de la hermosa morena. No se atrevían a decirlos, aún si no estaban dirigidos al otro, era demasiado arriesgado. Sí, se las habían ingeniado para mantener conversaciones con el viento, esperando que el otro entendiera lo que querían decir, pero no poder mirarla a los ojos y recordarle lo mucho que la amaba le rompía el corazón. Lo necesitaba, tanto por su propia sanidad mental como la de ella.

Hace un par de días había arreglado dulces en el asiento trasero de su auto para que leyeran “T AMO BB” (No había suficiente espacio para ser un grammar nazi), eso la había hecho sonreír, pero no era suficiente. Extrañaba su risa, sus vidas se habían tornado grises y difíciles y lo odiaba. En especial porque tenía la asquerosa sensación de que la tierra en la que plantaba sus raíces (Algo que todavía le parecía un tanto ridículo y fantástico) no era la misma.


Uno de sus profesores de geografía le había hecho oler y probar la tierra en una salida a terreno hace un par de años. Era un hombre bastante poco ortodoxo, muchos lo tildaban de científico loco, pero Connor admiraba su manera de entender la tierra. Era algo que él nunca podría hacer, por lo menos no tan a fondo, era su bendición y maldición. De cualquier modo, la primera semana después de que la bomba había explotado, mientras todos habían estado ocupados matándose entre ellos, él había explorado los alrededores. No pudo hacer mucho, el lugar parecía estar herméticamente cerrado por una neblina que los devolvía por donde habían entrado.

Connor era muchas cosas, pero nunca mal estudiante. No existía fenómeno semejante en el mundo, nadie podía decirle lo contrario. Decidió ser testarudo, dejando a una Anwen extremadamente frágil y cansada después de su primer hechizo a salvo dentro del capullo de madera donde había guardado su querido e inservible auto. Entre toda la conmoción, nadie lo vio hacerlo, y le constaba que sólo un elemental de fuego sería capaz de sacarla de allí, y esos estaban de su lado. Hecho esto, había pasado casi un día completo entrando y saliendo de la neblina.

Intentó todo. Para asegurarse de que no estaba dando vueltas sin darse cuenta, probó usar su brújula. Esa fue la primera señal de que algo no andaba bien. Su brújula infalible parecía haberse roto, apuntaba a cualquier parte sin un patrón reconocible. Desechó la idea y atribuyó la falla a la explosión, decidiendo probar algo distinto. Usando un árbol vivo que estaba casi en el límite donde comenzaba la niebla, estiró las ramas detrás de él, pensando que si en algún momento comenzaba a ir hacia otro lado que no fuera adelante el tronco se torcería. Otra idea a la basura, las leyes de la lógica no aplicaban a la mágica niebla. Lo último que trató fue seguir una corriente de agua. Para eso necesitó pedirle ayuda a un elemental de agua, asegurándole que el que corría peligro era él mismo. Siguió el pequeño arroyo creado por su compañero de raza, sabiendo con certeza de que el agua no se devuelve si está en pendiente. ¡VERGAS! Después de algunos minutos de seguir el agua, primero con la vista y después, cuando la neblina se hacía más espesa, con sus manos, se encontró otra vez cara a cara con un elemental muy confundido.

En fin, Connor estaba cada día más seguro de que este terreno no era… Terrenal. Por lo menos sabía con certeza que no era el mismo colegio al que él había asistido. Al ojo inculto, efectivamente era muy parecido, pero mientras más observaba más se daba cuenta de que toda la flora que veía era una… ¿Copia? Sí, una excelente copia del original. Pero a todo le faltaba algo, pequeñas idioteces como un estambre extra en una flor o un número innatural de nervios secundarios en la hoja de un árbol.


Quizás era sólo su cabeza jugándole una pésima pasada, quizás había leído demasiados libros de ciencia ficción y fantasía y todo se estaba revolviendo en su cerebro. Necesitaba su ancla, su cable a tierra, aunque la tenía hasta cierto punto no era lo mismo. Esa mañana había despertado más tarde de lo habitual, quizás se había equivocado al gastar casi toda su energía haciendo flechas para tener una reserva en caso de emergencia. No podía evitarlo, aunque no había muerto sabía que era cosa de tiempo antes de que a alguien se le ocurriera intentar tocar a Anwen y todo se iría a la mierda a la velocidad de la luz.

Se estiró, haciendo que su cuerpo de madera crujiera de manera bastante preocupante. Todavía no se acostumbraba a… Ser madera. Ser un árbol. Se sentía como un Ent del Señor de los Anillos, tan alto y flaco como era en esa forma. Escuchó de uno de sus… ¿Colegas? Era una situación complicada, no conocía a nadie, quizás un par de compañeros de Anwen que había visto de pasada, pero nada más profundo que eso. Tenía que mentir, decir que cuando desaparecía del grupo era para recargar energías en el bosque o investigar el terreno, en vez de admitir que se encontraba en secreto con una Elfa que en realidad era su novia a doblar las reglas de su realidad nueva. Lo echarían de patitas al campo de batalla y sabía que no era suficientemente poderoso como para valerselas solo.

En cualquier caso, escuchó de uno de los otros Elementales que era San Valentín, y sintió que se le caía el corazón al piso por haberlo olvidado. Probablemente Anwen no lo había hecho, probablemente lo estaba esperando sola fuera del auto, frágil y vulnerable para cualquier enemigo que quisiera un buen desayuno. Odiaba no poder cuidarla por las noches, extrañaba sentirla entre sus brazos mientras dormía, pero necesitaba enraizarse si no quería ser completamente inútil todos los días. No tuvo mucho tiempo de moverse antes de que la atención de absolutamente todo el mundo se posara sobre una caja.

Una jodida CAJA FLOTANTE QUE CAÍA DEL CIELO. ¿Y luego? LA MISMA PUTA VOZ QUE LE HABÍA CANTADO LAS REGLAS. ¿De dónde venía, preguntan? De todos lados. De ninguna parte. Una voz sin cuerpo que hacía eco en todas partes. «Nope.» No tenía que decirlo, vio la misma expresión en casi todas las caras elementales. No estaban muriendo de hambre, eran fuertes juntos, no necesitaban jugar a mierdas como esa para sobrevivir. “Que se jodan.” Era el consenso general, estaba decidido, los elementales no participarían en ese pequeño juego del hambre.

Pero lo último que dijo la vocecita hizo que su corazón se olvidara de latir un par de veces. «Sólo por el día de hoy no se aplicará a primera regla» Parpadeó varias veces, los que lo conocían se giraron a mirarle con curiosidad. ¿Era porque sabían algo que él no o porque de un momento a otro había dejado de respirar? “¡ANWEN!” Vociferó como camello pidiendo agua después de un largo viaje por el desierto. Los miró con dolor, denotando que aunque estaba pidiendo permiso le valía madre si se lo daban o no. No perdió tiempo en revisar si lo que seguía eran asentidas o sacudidas de cabeza, ya vería cómo se las arreglaría para no morir luego, habían cosas más importantes.

“¡¿Dónde estás?!” Miró para todos lados, intentando recordar hacia dónde debía ir. «¡¿DONDE MIERDA ESTOY?!» En la conmoción había olvidado dónde echaba raíces normalmente, y dónde se reunía con--- su novia. Y quizás también el nombre de su novia, por un segundo. No le digan a nadie. Se golpeó la cabeza con la palma de su mano un poco más fuerte de lo que quería, pero logró su cometido. “Anwen.” Balbuceó volviendo a su forma humana, intentando concentrarse. Era demasiado. No le podían pedir tanto. Su corazón no sabía qué hacer, Anwen podría haber estado ahí frente a él y quizás ni la reconocería con toda la emoción que amenazaba con reventar su pecho.

Suspiró varias veces intentando calmarse. Probablemente los Elfos llegarían a la misma conclusión. De ser así, no estaba seguro si dejarían a Anwen ir a verle, pero quizás podría arrancarse de otro modo. Cual fuera el caso, lo más probable es que ella se dirigiera al cúmulo de árboles que escondían su auto. Sin pensarlo mucho más, corrió a toda velocidad, no estaba a más de cinco minutos, pero hizo el camino en uno.

Miró alrededor, agotado, sintiendo que cada músculo se había desgarrado un poco, quizás estaba equivocado y sólo tenía que calmarse, pero esa no era una opción viable. Nada. Ni su olor, ni su voz, ni vergas. “Anwen…” Murmuró pesadamente, apoyando su espalda contra el capullo de madera y dejándose caer al piso, tomando su cabeza entre sus manos. Tenía tanto que decirle, ahora que podía, que no lograba pensar en cómo encontrarla.

Lo único que pasaba por su cabeza eran todas las palabras que había callado por meses, aquellas que eran demasiado directas, muy riesgosas, aquellas que inevitablemente incitarían una respuesta directa. “Anwen…” No había escuchado ese nombre en voz alta en demasiado tiempo, le sonaba extraño, pero era liberador, ahora que estaba levantado podía sentir el peso de la jodida regla. Pesaba tanto que no creía poder levantarse del piso, por lo que se quedó ahí un par de minutos con el corazón en la mano, esperando que Anwen estuviera en camino.
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Mensaje por Anwen Von Ferrec el Mar Feb 26, 2019 9:16 pm

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Se había levantado con pocos ánimos aquel día, sabía exactamente qué día era, y que no podría hacer nada. Aunque no lo confesara, Anwen era un tanto fanática del día de los enamorados, no es que exigiera regalos ni nada, pero no podía pasarlo sin Connor o quedar encerrada en casa. No le molestaba ver otras parejas ni era envidiosa, pero precisamente ese día, le estaba irritando bastante.

Todo se había complicado un montón, pues casi no podía estar con Connor, ni siquiera para dormir, y las pesadillas no la dejaban tranquila, ni siquiera cuando algunas ya eran una realidad. Realmente parecía todo ser un infierno. Pero no podía pedirle al chico que se quedara con ella en las noches, sabía que él debía dormir... Bueno, afuera, en la tierra.

Connor parecía estar obsesionado con la neblina, había intentado muchísimas cosas. Quizás estaba un poco estresado por todo el tema, pero a ella le costaba un poco creer cualquier cosa, más bien se encontraba negándose a toda posibilidad, y no le gustaba tanto hablar del tema, porque aún no podía enfrentarlo correctamente. Muchos se lo habían tragado como agua, asumiendo que sus vidas habían cambiado repentinamente como si nada. Simplemente, no podía hacer eso.

Las preocupaciones de Anwen estaban en otro lado, tenía teorías un poco más realistas a su parecer. Su principal duda eran las razas, los demás, simplemente pensaba que era todo obra del gobierno o algo por el estilo. Atacar un pequeño pueblo extremadamente desconocido para hacer pruebas con ellos y el lugar, no era algo que lo sonaba tan alocado, pero no se le podía ocurrir cómo habían logrado que tuviesen poderes y razas, menos aún los cambios de cuerpo, sonaba tan ilógico.

Respecto a la voz en la cabeza, no le complicaba tanto, podría ser cualquier tipo de tecnología, quizás controlaban a algunos con ello, quién sabía.

Su última opción era que fuese una realidad virtual. Sin embargo, que justo estuviese ubicada en el colegio era una de las primeras cosas que le parecían extrañas, y que de ser así, no harían las pruebas con personas simples como ellos, y menos con tal cantidad y de tal manera, así que le parecía ridículo.

Se encontraba estirada en un pequeño sillón dentro de la biblioteca, mientras vio cómo los demás elfos se arcaban a la ventana a ver un alboroto, o al menos eso pensó, hasta que la voz resonó en su cabeza. Ni siquiera miró lo que pasaba afuera, ni si los demás le decían algo o si pensaban ir allí. No necesitaban a todo el grupo, de todos modos alguien tendría que quedarse a cuidar, y tampoco sería ella.

Se levantó rápidamente, mareándose un poco con la brusquedad del movimiento y partió corriendo fuera de la biblioteca. El estacionamiento se encontraba precisamente detrás de esta, ¿hace cuánto que no vería a Connor? No podía creer que realmente estaría con él, sin hablarle al aire, que podría decir su nombre.

Recordó los dulces que armaban la palabra "T amo bb" y sonrió, aún mientras corría. Apenas vio el capullo de madera, notó que él estaba allí, esperándola. Abrió sus ojos como platos, realmente no podía creerlo, el aire se le fue por un segundo y tuvo que detenerse. Los nervios la estaban volviendo loca, no podía creer que fuese real, y desearía tanto no haber asistido al evento.

Comenzó nuevamente a correr donde él, no lo dudó antes de abrazarlo, casi empujándolo porque haber llegado corriendo. Lo apretaba con fuerza, sentía su olor, aunque claramente no era el mismo de antes, sabía con claridad que era él. No pudo evitar dejar correr un par de lágrimas, creía que no lo volvería a tocar así en años.

-Connor... -murmuró suavemente, al fin teniendo aire como para hablarle -. Te he extrañé tanto...

No quería mirarlo, pues aquello implicaría despegarse de él y no deseaba aquello.
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Mensaje por Connor Buckley el Jue Feb 28, 2019 1:19 am

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Con mi amada Anwen en el Estacionamiento en la Mañana del Día de San Valentín.

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¿Por qué no llegaba? Quizás había pasado menos tiempo del que creía, pero definitivamente hubo suficiente para imaginarse los peores escenarios.

Anwen no era estúpida, no iría a lo que claramente era una trampa… ¿Cierto? ¿Y si estaba cometiendo el mismo error que les había puesto en esta estúpida situación, sobre pensando todo? ¿Y si ella decidía ir sólo porque creería que él haría lo mismo? «No, que tu novia no es estúpida Connor.» Cierto, era una hermosa introvertida que prefería armar paredes entre ella y el resto por miedo a no ser bien recibida. Pero nunca estúpida. A excepción de aquella noche hace ya muchos años en que había decidido no decirle a nadie que sus padres no estaban en casa y se había quedado sola. Todo por culpa suya, porque en ese entonces él también había sido un imbécil y, aunque había sido lo más gentil posible, le había roto el corazón.

Esa noche marcó un antes y un después enorme en la vida de Anwen, sabía que sufría de pesadillas y que sólo había empeorado ahora en ese mundo nuevo, y que ella intentaba esconderlo. No podía hacer mucho más de lo que ya hacía, habían decidido que su polerón rojo era propiedad de ella y sólo esperaba que la prenda con su olor la calmara un poco durante las noches. Quizás podía arriesgarse a no tener sus habilidades una noche a la semana. ¿Qué era lo peor que podía pasar? «Que alguien decida que ese es el día más oportuno para intentar almorzarse a Anwen.» Lo había visto, vampiros y seres mucho más monstruosos que él ya habían caído en aquel despreciable acto. La sola idea de no poder hacer nada para defenderse frente a esa situación le produjo náuseas. Se llevó un nudillo a la boca y mordió con fuerza, intentando detener ese horroroso tren de pensamiento. No, quizás no podía arriesgarse.

No sabía bien cuánto tiempo había esperado. Cuando estaba completamente solo, había desarrollado la nueva manía de perderse de manera tan profunda en sus ideas que podían pasar días sin que se diera cuenta. Sólo lograba salir de ellos cuando inevitablemente su cabeza volvía a llevarle a la única razón que lo mantenía cuerdo.

Y ahí venía, dejó sus oscuros pensamientos de lado al verla por el rabillo de su ojo. Corría como él lo había hecho, pero se detuvo por un momento. Connor se puso de pie en un sólo salto, avanzando para recibirla en sus brazos, aunque no estaba listo para el momentum que había acumulado, por lo que se tambaleó un poco hacia atrás intentando recuperar el equilibrio. La abrazó por la cintura con un brazo, acariciando su cabello con suavidad y una enorme sonrisa.

Ahora que podía, no sabía bien cuáles palabras usar primero, aunque estaba bastante seguro de que lo apretaba con tanta fuerza que probablemente no sería capaz de decir nada. Sintió una humedad un tanto familiar en su polera, ahí donde Anwen había hundido su cara en su pecho. Todavía buscando palabras oportunas, se agachó un poco y besó su cabeza, frotando su nariz contra ella con cariño.

Escuchar su nombre escapar de los labios de su novia casi lo tumba al suelo. No entendía muy bien por qué, pero era una de las cosas que más le molestaba sobre aquella estúpida regla. “Anwen.” Su voz era de un timbre tanto más bajo que el de ella que siempre le había causado risa, por lo menos antes de que explotara la bomba. La apretó con fuerza con el brazo que la rodeaba, hundiendo la otra mano entre el pelo negro que parecía ser eterno. “Yo también, a mhuirnín, yo también.” Meses de susurros no se podían borrar en un instante, por lo que aunque deseaba gritar a los cuatro vientos no fue capaz de algo más fuerte que un murmullo. El repertorio infinito de sobrenombres que tenía para Anwen era sólo gracias a su maestría del Irlandés que había recibido de sus padres, era un idioma que lograba describir sus sentimientos bastante mejor que cualquier otro, a pesar de que a veces tenía que explicarle el significado.

Aunque había escondido su auto en un territorio que ya no era para todos, se había comprado el silencio y favor de los híbridos con instrumentos musicales y un par de dulces. Él no tenía nada en contra de ellos y Anwen tampoco, por lo que aceptaban sus escapadas siempre y cuando Connor accediera a crear lo que necesitaran, siempre y cuando no fueran armas. No pretendía poner a nadie en riesgo, y la mayoría de los híbridos lo entendía, o por lo menos eso daban a entender. Comunicarse era difícil. De cualquier modo prefería pasar la mayoría del tiempo escondido dentro del capullo que había creado, pero ese día todos estaban distraídos.

Apretó a Anwen con más fuerza luego de un par de minutos, quizás un poco demasiado fuerte, y luego relajó sus brazos un poco, llevando una mano a su mentón. “Déjame ver tu cara a chuisle.” No soltó su cintura, no estaba listo para separarse ni un centímetro de ella, pero sí quería verle y asegurarse de que estaba bien. Aunque también sentía las innegables ganas de largarse a llorar, no podía permitírselo. Sabía que si lo hacía arriesgaba preocupar a Anwen, se había asegurado de nunca sonar pesimista ni triste, era responsable de mantenerla sana y cuerda y no tenía intenciones de tirar todo por la borda por un tonto desborde de emociones.

Levantó la cara de su novia con cuidado, limpiando las lágrimas con un pulgar y su sonrisa característica. “Hola hermosa, ¿A qué hora vas por el pan?” Bromeó con un poco más de volumen, intentando aligerar el ambiente y sacarle una sonrisa a la pelinegra que parecía no tener intención alguna de soltarle.
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Mensaje por Anwen Von Ferrec el Dom Mar 17, 2019 3:36 pm

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A few bad chapters does not mean your story is over.
Escuchar su voz, sus latidos, su calor y olor hacìan que todo su mundo volviese a brillar. El mundo de Anwen, su mente opaca y triste brillaba y se llenaba de vida como nunca cuando estaba con Connor, porque era él, y siempre sería él. Lo había amado desde que lo conoció, ya años atrás, cuando apenas podía distinguir lo que era la atracción física del amor.

Aquellos apodos amorosos, que a veces la hacían avergonzarse, eran lo mejor que había escuchado en el día, y en todos esos meses, al menos de manera directa. Pronto, sintió la mirada acosadora de algunos híbridos, quizás molestos por la cursilería, o emocionados, no había cómo saberlo, lo bueno era que ninguno de ellos pretendía interrumpir el momento, o al menos aquello pensaba, y deseaba que fuese así.

El momento se le hizo eterno, parecía ser verdad que el tiempo se detenía cuando estaba con esa persona especial. Apenas escuchó cuando dijo que la deseaba ver, se despegó un poco de él para dejar que levantase su rostro. De algún modo, no fue capaz de sacar voz, aunque intentó hablar, su voz no salía de ninguna forma. Apretó su polera en la espalda de él, sin saber ni preocuparse de si acaso lo había rasguñado, aunque hubiese sido obviamente sin intención de hacerlo.

Se tragó el resto de su llanto para después, pues no quería seguir empapando la ropa de Connor, y mucho menos pasar aquel día llorando. Al fin estaba allí, con él, de verdad estaba con él. Se ocupó de limpiar las lágrimas restantes, y Anwen soltó una risita casi insonora ante aquello, definitivamente relajándola un poco.

-Connor... -logró murmurar levemente mientras extendía su brazo para acariciar su rostro -. No sé que decir.

Soltó otra pequeña risa al decir lo último, y era verdad, no tenía idea de que decir. Y tampoco sabía si le habría logrado entender con aquella voz tan apagada que estaba teniendo, quizás debido a la angustia y la emoción, nunca le gusto mezclar esas emociones y sensaciones. Tomó una de sus manos, quítandola de su cintura para entrelazar sus dedos, y arrastrarlo a un lugar donde no tuviesen tanto público. Oh, no, no porque Anwen fuese sucia, si no porque era completamente antisocial, y le gustaba la privacidad, y odia a la gente, al menos a la mayoría.

Intentó toser un poco, para poder aclarar su garganta y ver si aquello daba efecto. No podía pasarle aquello justo en ese momento, definitivamente su suerte era pésima. Acarició todo su cuerpo, o más bien palmeó, con tal de asegurarse de que todo estaba bien, sabía que si tenía alguna herida o algo probablemente se quejaría. Aunque de todos modos, no creía que el chico le fuese a ocultar algo jamás.

Abrió la boca para decir algo, pero quedó así, olvidando rápidamente todo.

-Ah, olvidé que quería decir -dijo, ahora con la voz de siempre mientras lo miraba a sus hermosos ojos confundida.

Se acercó a él, para luego llenarlo de pequeños besitos por todo el rostro. No podía creer que aún debiese pararse de puntitas para alcanzarlo, la verdad es que era bastante alta, y aún así... Soltó un gruñido luego de bajar, una señal común en ella cuando quería algo, ahora sumándole que sus afiladas orejas se movían ligeramente, casi imperceptiblemente, algo que probablemente lucía gracioso desde fuera.
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Mensaje por Connor Buckley el Lun Jun 10, 2019 2:28 pm

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Con mi amada Anwen en el Estacionamiento en la Mañana del Día de San Valentín.

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“Ah-” Exclamó cuando su novia levantó la cabeza. Aunque la conocía hace años y le había visto en probablemente todas las situaciones, nunca se terminaba de sorprender con su belleza. “No es justo. Eres preciosa hasta cuando lloras.” Le sonrió cálidamente, asegurándole que todo estaba bien al notar su tono acongojado.

“Pues tienes todo el día para que se te ocurra algo, a rúnsearc.” Dejó que Anwen separase su mano de su cintura un poco a regañadientes, no estaba listo para soltarla todavía, pero había aprendido con el tiempo que su novia era introvertida y sólo brillaba realmente cuando estaba segura que nadie más que él la estaba mirando. «Y para mi mejor, que no necesito compartirla con nadie.» Tenía suficiente con que los Elfos se la robaran la mayoría del tiempo, haciendo uso de las pociones que lograba crear para quién sabe qué.

Sintió cómo Anwen le revisaba como seguridad en el aeropuerto, y lanzó una carcajada de timbre bajo. “No llevo ninguna bomba, señorita, lo prometo.” Le murmuró en un tono cubierto de miel mientras llevaba a cabo una revisión parecida con sus ojos. Buscaba indicios de que estuviese más acomplejada de lo normal, pero la hermosa morena parecía simplemente abrumada con la situación. Aunque no había dejado de sonreír, Connor pareció volver a agrandar su sonrisa abobada en una hazaña casi imposible ante las últimas palabras de Anwen.

“No pienses tanto, te harás daño cariño mío.”
Bromeó, esperando recibir un golpecito por su broma. Las piernas le flaquearon por un momento ante el gesto de Anwen de ponerse de puntitas para besarle. Antes de todo, había sido algo casi diario, normal y típico. Había creído que, aunque lograran salir de aquel lugar, no serían capaces de volver a la normalidad. Claramente había subestimado la resiliencia de su relación. Notó que las orejas de Anwen parecían moverse como las de un gato enojado, y soltó una pequeña risita. “¿Pasa algo Anwen?” Normalmente no usaba mucho su nombre, pero se sentía demasiado bien poder volver a usarlo cuando quisiera.

“¿Abro el capullo para poder sentarnos adentro?” Ofreció, suponiendo que eso era lo que quería. “Así no tienes que sufrir por el hecho de que, aún después de que llegaras peligrosamente cerca, nunca lograste ser más alta que yo.” Su tono era burlón, pero no había perdido la capa de miel embobada que le acompañaba desde que se había dado cuenta de que la chica a quien había tratado como una apestosa hermana pequeña era la mujer de sus sueños. Sus bromas nunca eran en serio, en especial con una chica como Anwen, quien en sus ojos no tenía defecto alguno.

Esperando otro golpecito, la volvió a tomar de la cintura y frenó con un beso que había estado frenando desde que la había visto, hasta cerciorarse de que estaba sana y salva. A diferencia de los pequeños besos que se habían atrevido a dar en los últimos meses, este estaba liberado de cualquier regla, miedo y cualquier emoción negativa que pudiese distraerle. Comenzó dulce y ligero, como las bromas de Connor, y luego se tornó profundo e intenso, como la personalidad de Anwen. Sus manos rodearon su cintura y luego se hundieron en los eternos mechones negros, acariciándole con una mano mientras que con la otra mantenía a su novia pegada a él de manera suave pero firme, que esta vez no tenía intención de soltarla antes de tiempo.
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